Diversidad Cultural

 

PROCESOS DE URBANIZACIÓN

 

En la práctica, no podemos contextualizar la idea de “ruralidad” o de lo “rural” antes de la llegada de los primeros colonizadores a la Amazonía, básicamente porque conceptualmente el término “rural” no tiene sentido sin su opuesto “urbano”, ya que ambos son complementarios. Su dependencia es tan estrecha que el nombre de uno (su concepto) existe en virtud del otro y viceversa. 

 

Las primeras reducciones jesuitas y los primeros asentamientos de la corona española y portuguesa en territorio amazónico oficializaron el “encuentro” de dos mundos estructuralmente opuestos. Es en este punto del devenir amazónico cuando se empieza a contextualizar la noción de “centro”, del “núcleo”, de la “urbe”, de lo “urbano”, frente a lo exterior, a la periferia, a lo “rural”. Esta contextualización se realizó en todo momento desde el punto de vista de los extranjeros, con el salvoconducto que les proporcionaba su egocentrismo y muy a menudo la utilización de la fuerza.

 

Si bien estos primeros asentamientos eran inestables y su influencia no era duradera, se convirtieron en la mayoría de los casos en lugares donde los colonos y misioneros obtenían su referente más cercano. En buena medida, estos primeros “centros” o “núcleos” empezaron a imponer una visión geográfica discriminatoria (Braudel, 1979; Barletti, 2012), ya que no solo reunían lo más “novedoso” y “avanzado”, sino que además servían de referente de un “viejo mundo” que no buscaba ni la retroalimentación ni la reciprocidad, solo buscaba la imposición de un dogma y el beneficio de lo material.

 

Tuvieron que pasar cuatro siglos para que la noción de centro “urbano” tomara cuerpo y se empezará a dibujar en el territorio amazónico el modelo urbano que vivimos o sufrimos hoy en día. Estos primeros centros urbanos, herederos “conceptuales” de los primeros asentamientos amazónicos, se fueron modelando en torno a los puertos fluviales utilizados para la carga de las gomas y para la descarga de las provisiones e insumos necesarios para hacer funcionar las diferentes haciendas caucheras de la región. Estas urbes “logísticas” se convertirían posteriormente en los centros administrativos de las respectivas circunscripciones territoriales (Granero; Barclay; Soldi, 2002; Barclay, 2012). Ya no eran simples referentes del viejo mundo, se convirtieron en centros operativos y logísticos de la extracción de las gomas primero y posteriormente de la extracción selectiva de diferentes recursos naturales. Con su crecimiento se agudizó el choque entre lo rural y lo urbano. El “egocentrismo urbano”, alimentado durante años por la fiebre extractiva, provocaría en los años subsiguientes el quiebre definitivo entre la zona rural y la zona urbana. 

 

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Esta primera estructura administrativa, diseñada para facilitar el movimiento de las empresas extractivas, se mantuvo una vez que el boom del caucho llegó a su fin, manteniendo intacta una estructura basada en modelos de exclusión y explotación de la zona rural. La posterior inversión estratégica del estado y la construcción de infraestructuras por parte de empresas extractivas extranjeras proporcionó el impulso definitivo para que ciudades como Iquitos se convirtieran en centros que concentraban las funciones administrativas y la mayoría de los servicios básicos. Su aislamiento favoreció que el gobierno central les proporcionase una cierta autonomía administrativa (Barclay, 2012), generándose, entonces, un centralismo regional que vivía de espaldas a la zona rural, reproduciendo modelos y esquemas heredados de la vieja administración extractiva.

 

Hasta 1980 este centralismo fue exclusivo de las capitales departamentales, a partir de esta fecha, con la instauración del modelo municipal moderno, el centralismo se reprodujo en las capitales provinciales y en algunas distritales. Como un cáncer que avanza inexorablemente, lo urbano iba ampliando su esfera de influencia, postergando lo rural al último puesto de la larga lista de espera.

 

La persistencia de estas asimetrías discriminatorias entre lo rural y lo urbano se conoce, hoy en día, como “sesgo urbano”, que no es más que la priorización de las políticas públicas a favor de las ciudades o de las clases urbanas, en detrimento de la población rural que vive en zonas rurales (Lipton, 1977; 1988).

 

No podemos afirmar aquí que el marcado sesgo urbano existente en la Amazonía sea la causa directa de la “pobreza” en la población rural amazónica, básicamente porque la “pobreza”, tal como es entendida por los economistas occidentales, bajo sus parámetros, no existe en la zona rural amazónica. La pobreza rural es una construcción moderna que se basa en economizar la vida e integrar a las sociedades tradicionales en la economía mundial (Rahnema, 1992). “El dinero, aunque tenga importancia en la vida bosquesina (poblador rural), no tiene la misma importancia que en la vida urbana. Esta afirmación se sustenta en el hecho que la subsistencia del bosquesino — y desde luego su seguridad existencial — proviene de su propia producción y no depende del dinero. El bosquesino sabe: “siempre tengo qué comer y hasta para compartir con otros y mantener así amistad, alegría y placer con otros” (es decir, relaciones de solidaridad)…” (Gasche, 2010).

 

No obstante, la priorización de las políticas públicas dirigidas a las zonas urbanas ha promovido y alimentado el crecimiento de una maquinaria burocrática típicamente urbana que poco o nada conoce de la estructura y de la mecánica propia de la zona rural amazónica. Generalmente la masa de funcionarios que engranan esta maquinaria tiene una visión marcadamente urbana de lo rural. Este artificio meramente urbano, que ya no es exclusivamente “limeño”, sino que ha tomado tintes regionales y municipales, adopta además una serie de términos globalizantes que son utilizados de manera unidireccional y vertical. De ahí que “pobreza”, “desarrollo”, “inclusión”, no sean más que salidas de emergencia para esconder y maquillar las políticas globalizantes sin sentido llevadas a cabo en la zona rural amazónica. Son estas políticas y la miopía que hay detrás de ellas las que provocan la pérdida de la calidad de vida de las poblaciones rurales amazónicas.

 

No nos debería preocupar mucho la llamada “pobreza de percepción”, generalmente condicionada y motivada por los diferentes actores externos que tienen contacto con la zona rural. Lo que nos debería preocupar es la “condición real” de los pobladores rurales, un concepto que no tiene relación alguna con la cuantificación, sino más bien con la plenitud del ser humano en su entorno, con la salud de los recursos que nos rodean y con la calidad de vida que alcanzamos a través de la utilización razonable de los mismos.

 

Los modelos “desarrollistas” llevados a cabo en la zona rural están provocando el nacimiento de los “nuevos desposeídos rurales”, intoxicados por las políticas y proyectos de desarrollo que los perciben equivocadamente y egocéntricamente como “pobres”, arrastrándolos en un torbellino sin fin que los desconecta de su entorno, provocando su aculturación y dejando como legado una generación de jóvenes que poco o nada saben de su entorno.